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Diciembre 2003

No. 1

Opinión - Archivo

BONOSOL ¿Sostenible o no? Rodrigo Suárez Monje
15 de Noviembre de 2002

A pesar de que el Gobierno ya promulgó la Ley para el pago del Bonosol, todavía nos queda la duda sobre la seguridad en esta medida.

Muchos sectores acusaron al gobierno de promover la aprobación de este pago sólo por el interés de cumplir una promesa electoral. A esto se debe agregar la confiabilidad en el mismo Presidente de la República, quien sostuvo todo el tiempo que era posible realizarlo.

Y finalmente el rodillo se impuso a la discusión y primó el principio negro de la democracia: “piensa lo quieras, pero harás lo que yo digo”.

Si examinamos la Transformación Estructural del país, la etapa que más nos ha costado a todos los bolivianos ha sido justamente la reforma en el sistema de pensiones. Un sistema que ahora apenas comienza a caminar con las AFPs sobre la base de contribuciones de los trabajadores del país. Sin embargo, muchas empresas, dada la crisis económica en que nos encontramos, no están pudiendo cumplir con sus aportes, lo que pone en duda la solidez del sistema para poder sostener el Bonosol ni siquiera en el corto plazo.

Así estaremos comprometiendo los recursos que deben financiar el retiro de los actuales aportantes y con seguridad, más adelante, cuando las cosas sean incontrolables sea el TGN, o sea todos los bolivianos, los que tengamos que cumplir las promesas electorales del actual Presidente.

El gobierno sostiene que el rendimiento de las acciones de las empresas capitalizadas podrá sostener el beneficio, cuando en materia económica es imposible predecir la oscilación de los mercados internacionales, de los cuales dependemos directamente. Pareciera que el gobierno se basa en la esperanza de que todo salga a las mil maravillas, cuando nos enfrentamos a algo tan impredecible como el mismo clima.

Todo parece indicar que nos lanzamos otra vez al vacío. Esta vez esperemos que hayan paracaídas para todos...  

Navidad, tiempo de reflexión. Wigberto Rivero Pinto. 
20 de Diciembre de 2002
El país y sus pobres habitantes necesitan ver una esperanza, el regalo de una moral colectiva, de una paz duradera.

El año 345 se reconoció oficialmente el 25 de diciembre como el día de la natividad, pese a que los evangelios no aseguran el nacimiento de Jesús ese día. Sin embargo, esta singular celebración es para los cristianos del mundo la segunda en importancia, después de la Pascua de Resurrección, y se festeja en todos los puntos del planeta. Esta fiesta ha tenido una evolución constante a través del tiempo, adquiriendo nuevas formas de manifestación, desde la introducción de árboles adornados hasta personajes míticos. Pero en verdad, ¿qué significa esta fiesta religiosa para la sociedad boliviana? Creo que cada uno de nosotros le da un significado acorde a sus necesidades; para un niño es sinónimo de regalos y juguetes, para los comerciantes o empresas es una época de altos réditos económicos, para un asalariado, ocasión de obtener un sueldo más; pero para la mayoría de los bolivianos es una fecha más del calendario, que pasa sin sobresaltos ni alegrías, porque nuestras estadísticas nos muestran crudamente una realidad poco alentadora, donde no existen motivos para celebrar y sí muchos problemas para atender.

De esta manera nos damos cuenta que el regalo de las últimas Navidades ha sido aumentar “la pobreza”. Antes teníamos una pobreza individual; hoy en día emergió una nueva forma de pobreza, la de grupo o clase social, donde sólo el hecho de ser indígena, campesino sin tierra o mujer, ubica a la persona en una tácita condición de desventaja ante otros grupos sociales. Casi siempre nos olvidamos que los pobres tienen necesidades todo el año y que los niños no sólo aparecen para sonreír en diciembre. ¿A quién queremos engañar con esas hipócritas actitudes, o es que algunos “buenos ciudadanos” quieren aminorar la pobreza ofreciendo un carrito de plástico a los niños o una imitación de Barbie a las niñas? La cosa no es tan fácil, el país y sus pobres habitantes necesitan otros regalos, ellos necesitan ver una esperanza, el regalo de una moral colectiva, de una paz duradera, sin muertes ni atropellos; sin violencia étnica ni política; necesitan el regalo de una sociedad más justa, de obtener un trabajo digno; necesitan sentirse miembros de una sociedad que vela por todos;  necesitan de una Navidad más simple pero sincera.

La Navidad ahora la hemos hecho sinónimo de gran actividad comercial; de grandilocuentes reuniones y fiestas y una apetitosa comida familiar. En verdad hemos cercenado el verdadero significado de la Navidad. Esta fiesta cristiana es un hermoso tiempo de reflexión, de ofrecer y pedir perdón, de hacer suyos los valores más sublimes del ser humano y ponerlos a la práctica, de darse cuenta que todos necesitamos de todos, de amar y sentirse amado, de dormir con el alma tranquila y de pintar una esperanza en el lienzo diario de la vida. La Navidad no es una fecha festiva; la Navidad es una actitud de vida.

Con el tiempo la fiesta navideña se ha ido acercando más a la  fiesta pagana que dio su origen, es decir, la fiesta dedicada al dios Saturno, dios de la agricultura, que se celebraba durante siete días con bulliciosas diversiones y suntuosos banquetes. Hoy parece que seguimos en ese camino, pues aprovechando la cercanía del año nuevo, las parrandas desenfrenadas son el quehacer constante de muchos bolivianos; no hemos podido asimilar el sentido moral y espiritual que nos trae la Navidad.

Tener una postura positiva es algo muy difícil de lograr, conociendo que los pobres son cada vez más pobres, y el trabajo escasea más a menudo, la mano de obra se abarata constantemente, la delincuencia aumenta a pasos agigantados, los derechos humanos son avasallados, los niños de la calle son cada vez más, la inflación es mayor que el aumento de sueldo, la justicia mejor ni mencionarla, porque abriga en su seno a muchos jueces que lucran con ella; todos conocemos esta realidad, y sin embargo no hacemos mucho para remediarla.

Seguro estoy que los bolivianos somos capaces de recapacitar, de reconstruir la esperanza sembrando gérmenes de amor, justicia y libertad. Esta Navidad no será una fecha de regocijo para la mayoría de los bolivianos, para miles de niños sin hogar; para muchas mujeres maltratadas; para muchas familias que estarán vigilando un pedazo de tierra en conflicto; para muchos indígenas que ven depredar su territorio, para muchos encarcelados que no tendrán la compañía de sus seres queridos; y para muchos otros más, esta Navidad, no será el mejor día. Pero pese a todo, no nos olvidemos de regalar a nuestros semejantes una sonrisa sincera, porque en cada Navidad, junto con Jesús, debe nacer la solidaridad y la justicia.
Wigberto Rivero es antropólogo, sociólogo y fue ministro de Asuntos Campesinos y Pueblos Indígenas. Este artículo fue publicado en el matutino La Razón, el día martes 17 de Diciembre de 2002. Reproducido con la autorización del autor.

 
 

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