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Diciembre 2003

No. 1

A quemarropa  Mauricio Fernández

¿Qué le pasa a Bolivia? 1 de marzo, 2003
Hemos asistido, estos dos últimos días, a lo que parece ser uno de los últimos capítulos de una democracia agonizante, con un sistema político que no ha sabido reproducirse, modernizarse y entender la dinámica de las relaciones sociales a quien se le debe. 

Puede parecerles una predicción sombría, criticable y hasta censurable. Sin embargo contamos con todos los actores y elementos para ello. 

Hace algunos años, observando por la televisión una turba de militares y campesinos que tomaba el Congreso del Ecuador, me preguntaba cuando nos tocaría a nosotros. El empobrecimiento ocasionado por un modelo económico rígido, un sistema político falto de una necesaria renovación y una democracia carente de mecanismos dinámicos de participación social se han convertido en los ingredientes de una convulsión social inminente. 

Ya no podemos esconder la pobreza nacional. Se ha extendido de las minas al campo y ha comenzado a agudizarse en los centros urbanos. Y no es necesariamente el modelo el que sea cuestionable, pero es evidente que el equilibrio macroeconómico del Estado boliviano se lo ha conseguido a expensa del sacrificio de su pueblo. Lo que sí es cierto y claro es que la reactivación de esta economía es más complicada, bajo una nueva relación de producción, donde el conocimiento es el principal insumo y la importancia de nuestras materias primas ha disminuido.

Por su parte, el sistema político ha perdido el contacto con las grandes mayorías. La corrupción, viejas prácticas prebendales, y la falta de cuadros nuevos, que se identifiquen y representen al electorado y sus necesidades han establecido un muro entre la sociedad y aquellos que debieran representarlos en la administración de los bienes públicos. Esta práctica política ha tenido como consecuencia más directa la falta de una modernización de la democracia, que la haga más participativa y transparente. 

La triste experiencia del gobierno de la UDP, hace veinte años, impuso la necesidad de un Poder Ejecutivo vinculado en extremo al Poder Legislativo. Nacía la era de la democracia pactada, a la luz de la cual se celebraron alianzas que mostraron la comprensión del sistema político sobre la realidad nacional. 

Hoy, ante un claro debilitamiento de esta metodología, debe imponerse la democracia del consenso como una necesidad primordial del sistema político. Es imposible ignorar la presencia de una bancada parlamentaria opositora de mayor importancia, que ante la falta de atención a sus demandas en las Cámaras del Congreso Nacional no tendrá mayor dificultad en trasladar sus reivindicaciones a las calles y a los caminos. 

Y lo que ha sucedido estos últimos días es un resumen de todo esto. El Poder Ejecutivo mostró que su intención era llevar un plan económico de ajuste que la sociedad no estaba dispuesta a aceptar, sin ningún consenso. No pudo siquiera mantener cerradas las filas detrás de él. La Policía Nacional fue la primera Institución en rechazar el plan, abandonando al gobierno y exponiéndolo a la protesta pública. 

La reacción del Poder Ejecutivo fue, por decir menos, equivocada. En lugar de negociar con la Policía, atender, al menos en parte, sus demandas y consolidar su apoyo, prefirió tratarlos duramente y negarse a negociar bajo presión. El movimiento policial tenía como origen una necesidad económica real de sus efectivos y no una orientación política como lo interpretó el gobierno.

Por otra parte, si bien la presencia militar obedece al mandato constitucional de protección de los símbolos nacionales, su acción fue muy poco paciente con la actitud policial, como si en realidad la Policía estuviese encabezando un golpe de estado. Viejas rencillas y celos institucionales fueron las que abrieron fuego y desencadenaron el peor baño de sangre desde el regreso de la democracia. 

Cuando el Presidente Sánchez de Lozada se dirigió a la nación, retirando su proyecto de presupuesto, mostró en el rostro y en su discurso una absoluta falta de control de la situación. El Capitán General de las Fuerzas Armadas de la Nación era incapaz de ordenar el alto al fuego.

Con el Vicepresidente bajo la mesa, y el Congreso cerrado, se abre el discurso de la oposición fuera del Parlamento. La imagen de Evo Morales y el controversial Dr. Morales Dávila discurseando en la Plaza San Francisco, es elocuente. Sabiendo de un gobierno herido y casi agonizante, no tuvieron mayor reparo en pedir la interrupción de la democracia. El resto lo hemos visto en la televisión. Saqueos, destrucción del patrimonio privado y público, muertes, heridos, sangre y lágrimas bolivianas desperdiciadas por el suelo paceño. 

El futuro lo veo peligroso. Aunque evitar la caída de la democracia es todavía posible, se dificulta por la presencia de un Presidente terco, un vicepresidente inoperante y un gabinete ministerial donde hasta ahora no se han mostrado muchas luces. 
 
 

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